Capítulo 2 – Un leve empujón

 

Cuanto más vacío está un corazón, más pesa.

Madame Amiel-Lapeyre

 

Creo que no rezaba desde la comunión de mi hijo. Pero el

rosario nunca abandonó nuestra casa. ¿Puedo continuar diciendo

«nuestra»? ¿Dónde estará el rosario? No puedo ponerme

ahora a buscarlo… ¿Moverme? No. Es demasiado

esfuerzo para mi cuerpo y alma salir de este estancamiento en

el sillón. El único movimiento que hago es el de pasarme

de una oreja a la otra el caracol que está sobre la mesita de

centro, para seguir con mi obsesión de niña empecinada en

escuchar las olas del mar —pero lo único que logro es lastimarme

las orejas—. Me gustaría encontrar nuestro rosario familiar,

sujetarlo entre mis manos —o mejor, que el rosario

me sujete a mí—, justamente para meditar sobre un Misterio,

para meditar sobre mi Misterio Doloroso, sobre por

qué se fue mi marido y por qué aún no regresó a nuestra

—¿nuestra?— casa. No puedo levantarme; no tengo

energía para ponerme de pie, tanto menos para impulsarme

a buscar un rosario que quién sabe dónde lo habrá guardado

mi hijo. No puedo salir de esta inmovilidad.

 

Uno, dos, tres…, ¿cuántos meses he pasado mirando

cómo confluyen mis lágrimas en mi ombliguito? Estoy tan

triste, tan, tan angustiada, tan aburrida que preferiría matarme,

si tan solo tuviese una pistolita a mano. A mano, porque

calculo la gran energía que se debería tener para, primero,

tramitar la adquisición y quién sabe cuántos papeles habrá

que rellenar. Luego, habrá que esperar —aunque ya tengo

bastante con esperar la vuelta a casa de mi marido— y, al fin,

ir a comprar un revólver. Tres pasos., y yo no puedo ni caminar.

¿No sería más sencillo robarle un rifle a mi ermitaño tío

montañés, que duerme sobre las estrellas de los Apeninos?

Pero qué difícil apuntarse bien a la sien con el largo cañón

de una escopeta, ¿no? Con la mala onda que fluctúa entre

los eslabones de la cadena de lo que resta de mi ser, a ver si

encima me sale el tiro por la culata y solo logro caer malherida.

Además, sobre las estrellas no hay hospitales, y pobre,

mi tío. ¡qué culpa cargaría! No logro alzarme para buscar el

rosario, pero sé bien dónde está la escoba: podría usarla para

practicar cómo apuntarme a la sien con el palo. Obviamente,

los ensayos serían siempre sobre mi gris sillón.

Uno, dos, tres: voy en busca de la escoba cuando «una

voz» me pregunta quién recorrerá los doscientos cincuenta

kilómetros que hay desde Roma hasta el cucuzzolo de otra

montaña de la región de Abruzzo. ¿Sabré aún manejar? Depende

de si me estoy refiriendo a un coche a o mi vida.

¿Cuánto tiempo hace que no toco siquiera un cochecito en

miniatura de la colección de mi hijo? Él tenía un Jaguarcito.

La misma escoba me barre esa posibilidad de suicidio.

Siempre tirada en pijamita sobre mi sillón, saco otra carta

del mazo: tirarme del sexto piso de mi balcón, pero me despierta

a tiempo evocar la desgraciada escena ocurrida durante

esos días «vacíos» de una Semana Santa, cuando una

mujer del barrio se tiró de un séptimo piso y al caer ligó tan

buen rebote que se levantó de la acera y siguió caminando

más erguida que monolito de la isla de Pascua.

Barajo el mazo de posibilidades y aparece otra carta: una

caja entera de psicofármacos. en una sola dosis, obvio. En

este estado de embotellamiento depresivo se me ha volado

todo rastro de ingenio para conseguir una recetita. Tendría

que sobornar a algún farmacéutico, pero en el barrio —si

logro salir— hay solo dos farmacias: una es propiedad de un

exalumno. Abandonada, sí, pero sádica, no: no soy tan sádica

con el prójimo como para que otro (hombre) más se llene

de culpa y sufra gratuitamente el juicio que eventualmente

le haría mi hijo. ¡Mi alumno, qué horror! No, no, no: iré a

la otra farmacia que cuenta con una titular muy fanfarrona

con la que una vez discutí fuertemente: concluyó con que

yo le deseé un viajecito a la mierda, a lo que ella me respondió

por lo bajo: «Eres una exagerada: ¿por qué no te matas?».

El abandono de mi marido me dejó sin dignidad, pero con

algo de memoria: sucedió hace muchos años, la «matasanos»

me había vendido una caja de supositorios vencidos que me

despachó en plena noche hacia la búsqueda de un médico,

un «ortólogo», abierto las veinticuatro horas.

Adivina, adivinador; adivinen corajudas lectoras —que

aún no me han abandonado a pesar de que me quiero matar—,

adivinen: ¿quién fue el «gran señor» que me acompañó

en la nocturna búsqueda del tesoro de un médico? Claro

que sí: Esteban, que me amaba a pesar de que yo hiciera uso

de supositorios en caso de fiebre. De más está contarles que

nunca más volví a esa farmacia y hoy, en plena desesperación

abandónico-suicida, no me voy a rebajar a ir a mendigarle

a la matasanos el favor de una recetita. ¿Voy a ir a darle el

gusto a «esa» asesina de que me vea muerta? ¡Ni muerta!

Capítulo 1 – ¡Adiós, corazón de arroz!

Corazón: sustantivo de género masculino.

¿Será por eso que nos hace sufrir tanto?

Vapnónima

 

 

Mi divorcio empezó en un showroom de automóviles. Mi última

salida del brazo de Esteban fue una interminable tarde en

una lujosa concesionaria. Después de varias semanas de reflexión

—cada vez que mi marido entraba en el túnel de

la reflexión, yo entraba en el túnel del pánico y me bajaba

medio frasquito de gotas ansiolíticas— mi amado hombre

había decidido, finalmente, gastarse todo junto el dinero de la

herencia que le había dejado su padre —cuyo reciente fallecimiento

era el motivo, creía yo, de su depresión—. Me tomó

por sorpresa, debo admitirlo, así que, incrédula, le pregunté:

—¿Vamos a llegar a Campo di Miele… con un Jaguar?

Teníamos una casa en las afueras de Roma, en un delicioso

pueblito «sul cucuzzolo della montagna», como decía

aquella canción de Rita Pavone; el pueblo donde él había

transcurrido su infancia. Los fines de semana de sol íbamos

siempre, porque allí se congregaban él y su grupo de amigos

de antaño.

—¿Quieres inaugurar una Feria de la Envidia? Yo iré en

tren —le advertí. No solo porque los campesinos nos echarían

encima los perros guardianes, sino porque ya habíamos

padecido un peligroso precedente—. Amorcito, ¿te olvidaste

del acto de vandalismo contra nuestro coche cuando te

presentaste como candidato para intendente de la municipalidad

de Campo di Miele? Qué casualidad: la misma noche

en que te pusiste a discutir con el intendente saliente en

la asamblea… Y era un Fiat Panda. ¿Puedes imaginarte cómo

disfrutarán desahogándose sobre un Jaguar, o no puedes? Y

quién sabe si esta vez Dios tendrá ganas de asistirnos por

segunda vez, salvando nuestros cuerpos de las pedradas. ¿No

podemos hacernos un crucero por el Nilo? —supliqué inútilmente.

Reconozco que soy una «tana» —como nos llaman cariñosamente

en Argentina a los nacidos en Italia o a los hijos

de italianos— testaruda, pero aun con esta «enfermedad»,

cuando yo decidía comprar algo que no era acorde con nuestros

sueldos, Esteban lograba sacármelo de la cabeza. Admito

que me costaba mucho acceder, pero la culpa que sentía

por querer permitirme un regalo importante me jugó siempre

en contra, o sea, a su favor. Esteban era —¿o debería escribir

«es»?— mucho más testarudo que yo. Jamás logré que

diera el brazo a torcer. Yo siempre le decía que habría que

inventar un nuevo tipo de martillo para abrirle la cabeza.

En el caso de esa adquisición, para echarle más leña al

fuego, jugaban a su favor dos factores fundamentales:

Factor 1: «Pobrecito, está de luto».

Factor 2: «El dinero es suyo y yo no puedo ni abrir la boca».

El monto de lo heredado no llegaba al pago completo. «¿Y

cómo hacemos para mantener semejantes gastos de manutención?

¿Y qué hace mi familia adentro de esa ambulancia?

A ver si encima nos trae mala suerte, imbécil…», pensaba

yo.

Pero esa tarde él me quería a su lado para elegir juntos

color, tapizado y esas tonterías. Cada opción agregaba levadura

al proletario precio base. Después de varias horas de

abrir y cerrar las puertas del Jaguarón en exposición, arrojó

la sentencia:

—Volante beige. —Yo le dije que se ensuciaba rápido—.

Napa. —Yo le dije que se desgarraba en un mes.

¿Para qué diablos me había querido traer? No lo había

visto con tanto énfasis y minuciosidad cuando elegimos los

sillones de casa. En un punto me puse firme:

—Cómpratelo negro, así podrás conseguir un segundo

trabajo como chofer de este carro fúnebre. Leyó durante

cuarenta minutos el contrato, y el vendedor, que lo trataba

como a un amigo, colocó una pluma de oro sobre los numerosos

papeles. Con su mano, Esteban estranguló la pluma -—y mi

corazón-y la apuntó hacia el ángulo inferior derecho. Pero… Dios

nos asistió por segunda vez: Esteban alzó la mirada  hacia el

vendedor, que ya estaba frotándose las manos para festejar su venta, y dijo:

—No elegí el color de la estatuita.

—¿Perdón?

—La estatuita del Jaguar. La que va adelante, sobre el

cofre.

Mutis con muecas exageradas por parte del señor, que ya

había visto cinco veces a mi marido en su showroom.

—Sé bien que las opciones son plateada, dorada y de

bronce.

Imaginen ustedes, queridas, recién llegadas y bienvenidas

lectoras, el comentario que expresaba mi cara. Las muecas

del vendedor eran también muy explícitas; querían

gritar: «Uy, este tipo se hizo una rayita con leche en polvo y

qué mal le pegó». Pero, educado, señaló:

—Señor, hace años que los Jaguar vienen sin el adorno

sobre el cofre. El jaguarito quedó en el pasado, señor Di

Feo, por ser un elemento saliente de la superficie, un objeto

que puede provocar accidentes. El animalito, además,

es cor-tan-te. Por otra parte, discúlpeme, Di Feo, pero ¿usted

tiene idea de cuánto puede durar en una ciudad como

Roma «la estatuita» de un flamante Jaguar? ¿Para qué la

quiere, Di Feo?

—La quería de bronce —dijo Esteban, ofendido, mientras

acostaba la pluma sobre el colchón de papeles.

Al ver que su frondosa comisión se desvanecía, el vendedor

de animalitos soltó otra carta:

—Se la puedo encargar, Di Feo. Le costará 600 euros.

Apuesto a que no dura una semana.

—¡Perfecto! —resucitó mi marido, sonriente como un

payasín de resorte cuando se abre la caja.

—¡Perfecto una mierda, serían 600 euros por semana!

—Me paré a los gritos, agotada, histérica, sacada de onda.

Esteban me miró con ojitos de niño muy, pero muy

desilusionado, soltó el acelerador, se paró y dijo:

—Perfecto, me tomaré unas semanas para reflexionar.

—Y yo pensé que me tomaría unas semanas de gotas ansiolíticas—.

Por el momento, muchas gracias.

Al salir, la frase final me la dirigió a mí:

—Por cómo gritaste, el hombre te habrá tomado por una

loca de atar.

Esteban pasó de la angustia por la pérdida de su padre a la

angustia por la pérdida del Jaguar. Esteban pasó de la rabia

por la ausencia de su padre a la rabia por el vacío en

su cochera. Rabia que descargó sobre nuestra relación, porque

nunca más salimos a cenar, a dar un paseo, a tomar un

helado juntos. Ni siquiera a pagar los impuestos juntos. Yo

absorbía como una esponja todo su malhumor, todo su imprevisto

mutismo, sus veinticuatro horas al día de cara de

enojo, con tanta culpa que hasta llegué a proponerle:

—Amor, ¿y si volvemos al showroom? ¡Por favor, vamos a

darnos una vueltita!

En vez de hacerme a un lado y separarme de su estado,

yo sentía la obligación de llevar a mi marido de la mano para

que se entretuviera con los cochecitos, ¡y con el riesgo de que

se comprara uno!, porque Dios me había avisado que no nos

asistiría una tercera vez, ya que tenía una larga fila de gente

—adulta, seria— que verdaderamente necesitaba atención.

Pero no soportaba ver a Esteban tan mal; sabía que con un

Jaguarón se le pasaría todo. Ya no me importaba pagar 600

euros semanales aunque algún envidioso le rompiera la estatuita

del coche. No me importaba pagar ese precio —económico—,

ni sacrificar mi dignidad: lo importante para mí

era que el hombre se divirtiera un rato y cambiara de cara.

Pero Estebancito dijo:

—Ya no.

Ya no quería ese juguete. Estaba con-fun-di-do.

Después de pasar varias semanas en su túnel de reflexión,

salió a la luz —dos minutos— para meterse en una caverna

—la habitación «vacía» de nuestro hijo, que vive en el

extranjero— y colgó en la puerta el cartelito «Cerrado por

inventario».

¿Quién iba a imaginar que estaba haciendo el balance de

nuestro matrimonio? Yo no. ¿Quién iba a imaginar que Esteban

estaba poniendo el punto final a nuestra relación? Yo no.

¿Quién iba a imaginar que estaba terminando mi vida de

mujer vip —porque yo del brazo de mi corazón, de él, me

sentía una vip—? ¿Quién iba a imaginar que él me abandonaría?

¡Éramos una pareja tan linda! —Así decía la gente—.

Pero Esteban me dejó totalmente sola.

Mi marido está considerando la posibilidad de irse de casa.

Y ahora, ¿qué voy a hacer? No tengo ni la más mínima energía

para preguntarle si tiene idea de cuánto tiempo me va

a dejar sola. Me pregunto si los quince años que vivimos

juntos fueron un espejismo. ¿Los viví yo sola? ¿Qué pasó con

todos esos colores intensos que compartimos? ¿Se le destiñó

nuestra relación? ¿La siente ajena? ¿O ya no le interesa? ¿Ya

no soy su «corazón de arroz»? Él me bautizó así porque adora

el arroz: yo siempre fui el «corazón» del alimento sin el

cual Esteban no puede vivir. Siempre decía: «Puedo vivir sin

pasta —y eso para un italiano es como hacerse el harakiri—,

pero no me dejen sin arroz». Yo soy su «corazón de arroz»

y él es mi «arrocito» aun hoy, punto. Porque no se puede

abandonar el arroz que hemos sembrado juntos, con nuestro

sudor; no se puede abandonar un camino profundo que se

ha trazado a cuatro manos, a lo largo de más de veinte años…

de manera tan superficial. ¿O sí se puede?

En vez de demoler la barrera que se levantó entre nosotros,

Esteban quiere derribar nuestra pareja a golpes de

hacha. Esteban cambió. ¿Y yo por qué sigo siendo la misma?

Hemos vivido situaciones y emociones de todo tipo: dramas,

comedias y hasta tragedias, como espectadores y como

protagonistas. Yo estaba convencida de que todas estas experiencias

nos unirían cada vez más. Estaba segura (ay, qué

palabrita tan traidora) de que nuestro amor era un río sin

fin. ¿Tanta agua no sirvió para volvernos más transparentes,

más profundos? ¿No alcanzó para hacer crecer un árbol robusto

y bien arraigado? ¿Tanta savia no bastó para fundir en

uno nuestros corazones?

Él se propone despedazar nuestro futuro; un futuro que

yo pensaba que se expandiría hasta el infinito. Sin embargo,

lo que se expande como una mancha de aceite entre nosotros

es la distancia.

¡Ah! Parece que ya terminó de reflexionar. Pedro Picapiedra

salió de la caverna y está entrando en nuestro dormitorio.

Entonces ya puedo dejar mi ansiolítico: ya se le pasó el enojo a

mi arrocito y yo puedo parar con la dopada… Ah, no:

me parece que quien está dopado es Pedro Picapiedra. Se

está yendo con una sola maleta y muy pocas cosas adentro.

¿Habrá puesto sus pastillas? ¿Se acordará, cuando esté solo,

de tomar su media pastilla, la que cada noche yo misma le

meto en la boca antes de que se vaya a la cama?

Qué agotador es usar las fuerzas —que no tengo— para

odiar a la persona que amo desde hace más de veinte años.

Me siento desarmada. Con su partida se han ido de paseo

mis cuatro elementos. Qué más da. ¿Qué hago ahora con el

aire? El acto de respirar me produce una especie de asma.

¿Y qué hago con el fuego de nuestro amor? ¿Y con los líquidos

de mi cuerpo? Ni siquiera tengo fuerza para evacuar.

¿La tierra representa las cosas sólidas que hay en el interior

de una? Yo, en cambio, siempre tuve la solidez a mi alrededor,

en el sostén de la familia.

Un tal Esteban al que no reconozco anuncia que vaciará

nuestro nido en cómodos plazos. ¿Se va? Pero… ¿regresará?

¿Cuándo? Sí, sí, sí, él volverá… al menos para la segunda

retirada de sus cosas, ¡qué angustia! Al llevarse su maleta

desvalija mi presente y mi futuro. ¿Qué quiere decir «futuro

» para mí? Tendré que buscarlo en Wikipedia.

Acaba de cerrar la puerta; sin darse vuelta, creo que susurró:

«Bye». Ha partido un extraño.

Esteban me ha dejado un último regalo: un libro.

Me aferro a mi frasquito y lo estrangulo en mi puño —por

no estrangular al arrocero—. Frasquito, frasquito, puedo

tragarte enterito o… relajarme de otro modito: desquitándome,

saliendo con muchos otros hombres, como lo hacen

tantas. Si tantas mujeres lo hacen, ¿por qué yo no? ¿Por qué

yo no puedo?

¡Ahí les va! Me acosté con otro. Qué rapidez, ¿no? Se

los presento: es mi sillón, que con gran generosidad sostiene

los restos de mi alma. Recostada en posición fetal observo

con pánico el libro que me regaló Esteban, ahí, delante

de mí. Saco mi dedo índice de la manta que me envuelve y

en cámara lenta voy rozando la tapa. Inclino la cabeza para

ver si tiene un título. ¿Al menos estará escrito en alguna

de las tres lenguas que leo sin dificultad? No tengo ganas de

ponerme a descifrar un idioma desconocido y menos en la

penumbra.

No tiene título. Le pego una patada y lo lanzo al inmenso

vacío que hay al otro lado de mi sillón. Hundida en mis lágrimas,

intento apagar la radio de mi mente aturdida (¡ojalá

se le acaben las pilas!).

Me despierta el ruido de un taladro que perfora mi cuerpo

desde el centro de la cabeza hasta el coxis, que hoy de hueso

«sacro» tiene poco porque no protege mi verticalidad: me

tiemblan las piernas, me siento embotada. ¿Es el amanecer

de cuántos días después? ¿Qué tengo dentro de la cabeza?

Me paso la mano por el pelo con desgano y me doy cuenta

de que el municipio decidió  reparar la acera que pasa

por mi casa. Debo de haber enviado más de quince mails

en los últimos dos años, junto a otros vecinos de la cuadra.

Finalmente han reaccionado, pero a mí, hoy, qué diablos me

importa; por mí que la dejen así. Total, yo, de mi compañero

el sillón, ya no me voy a despegar más.

¿Hace cuántos días que no voy al baño? No importa porque

hace días que no tomo nada. ¿Lo soñé o mi marido me

dejó? ¿Está en casa? Esteban, ¿estás? Creo que sí es verdad:

el lobo se retiró a otro bosque, pero antes me mordió el corazón.

¿Cómo puede ser?, ¿cómo puede ser verdad si hace

menos de un mes que me declaró «Recuerda siempre cuánto te

he amado»? Bello epitafio para la tumba de nuestra

pareja. Por lo menos me podría haber dejado en un refugio

para seres abandonados; si tanto me amó, me hubiera buscado

asilo entre otros expósitos. Mal de muchos, consuelo de

tontos… Encima de abandonada, tonta.

¿Por qué a Esteban no se le pasó por la cabeza —y menos

por el corazón— intentar retomar el camino, aunque ya no

me amara? Las flores se marchitan y se retiran a la espera

de la próxima estación. ¿Por qué? ¿Por qué no? Mejor no

pensar en eso. ¿Cómo se hace para no pensar en él e intentar

retomar, al menos, mi cuerpo? Trato de levantarme para ir al

baño, no sea que él, el baño, se sienta ofendido por mi larga

ausencia y también me rechace.

Ni bien pongo un pie en tierra tropiezo con el libro.

No fue un sueño. ¿Todavía estás tú ahí, entre mis pies?

¿Se puede saber qué quieres?

No responde, se parece a mi marido…, ups, a mi ex. ¿Lo

tengo que llamar ex en lugar de arrocito? Jamás usé esa palabra.

A ver, veamos: está la vocal «e» y la consonante «x».

Ahora pongamos los dos ingredientes juntos. ¿Simple, no?

Se convierte en un e… e-e-equis. No puedo. No puedo.

¡Todavía no es ex! (Uy, lo dije…).

¡Ay! ¿Me espera el tribunal, la división de bienes, objetos

y controles remotos? Ayúdame tú, Plutón, dios de la

riqueza. Señálame: ¿con qué porción de la casa me quedaré?

¿Tendré que proveerme de un inmenso serrucho? Ah, no.

Quédate con lo que se te antoje, pero déjame un pedazo de

la sala con mi sillón.

De repente, me doy cuenta de que el libro está lleno

de polvo. Ay, ¿será alérgico? Me había olvidado de los trabajos

en la calle.

Estos hombres me llenaron de polvo. ¡Estos hombres me

están intoxicando! ¿O será humo tóxico? ¿Habré caído en

un concierto de rock? Ahora mismo pido que intervengan

inmediatamente para poner fin a esta polvareda y este ruido

infernal. Ya les mando un mail. ¿Otra vez algo que se lee y

escribe? ¿Esteban se habrá llevado la nueva pc o la vieja laptop

que me destrozaba la espalda en el autobús? Además de

la maleta, ¿tenía una caja? No es que a esta edad tenga tanta

memoria, pero seguramente funcionaba mejor antes de estos

humos tóxicos. Pero qué extraño: he logrado dormir con

este tanque de guerra encendido a mi lado. ¿Hasta tal punto

no siento ni veo? Lo único que me falta es que se desate uno

de mis frecuentes ataques de estornudos, y entonces ahí sí

podré gritar: ¡Bingo!

Nos observamos, el libro y yo. Él está abajo; yo, arriba.

Entre nosotros, mi compañero el sillón (parecemos un trío

erótico de… de abandonados). Al libro le pica la nariz y a mí

la garganta. Me mira con esa desolación de las cosas tiradas

por el suelo, y no me queda otra que abrirlo.

¡Cómo pesa! Lo limpio con la manga del pijama. Me

agradece tosiéndome en la cara. Me lo acomodo como si

fuera una almohada sin plumas, apoyando la oreja sobre él.

A lo mejor, me duermo casi otra horita.

Estoy tan cansada, tan indigna e integralmente cansada,

tanto en mi interior como en el exterior.

¡Ay! Qué oscuridad, ¿qué hora será? Me estoy orinando encima.

Me parece que tengo la boca pastosa. Diosito, ayúdame

a llegar al baño. Una inspiración profunda y ¡hop, ya

estoy de pie! ¡Vamos!

¡Ah…! ¡Ah! con este libro, ¡me hiciste caer!

Ahora estamos los dos tirados en el piso. Desde esta perspectiva

la sala parece un enorme depósito de muebles. Arrastrándome

sobre el parqué, trato de alejarlo a empujones con el

mentón. Me parece estar jugando ese juego en el que, con

las manos atadas, hay que sacar con la boca una manzana del

agua. Se me viene a la mente la fiesta de cincuenta años de

mi tía Renata, hace muchísimo tiempo, cuando propusieron

esta diversión en parejas. «¡Necesitamos voluntarios!». La

mano de Esteban abrazó la mía y ambas se alzaron sin consultarnos:

«¡Nosotros!». Dos manzanas flotaban en la pequeña

tina del bebé de mi prima. De tan veloces que fuimos nos

llevamos el premio, y yo, además, me gané un chichón que

me duró media primavera. ¿Qué edad tendría la tía hoy?

Traía un vestido estupendo. Y yo, ¿qué lucía esa noche? Esteban

se había puesto el moñito gris antracita tan elegante

con las finísimas rayitas negras, delicadísimo. Y sin embargo

todos —incluso el bebé de mi prima— se burlaron de él con

puras risotadas. Todos borrachos. ¡A bailar! La tía abrió la

pista bailando un vals con su cuchi cuchi, como llamaba ella

a su marido, para después bailar con los demás hombres presentes,

y después fotos y más fotos, todos con las mejillotas

al rojo vivo. La tía chillaba: «Abran bien los ojos, que después

salimos como chinitos», repetía y se desplomaba, riéndose

a carcajadas por el suelo. Cambio de pareja. Cambio de

música: los años setenta, disco de los ochenta, la tarantela,

el tango, el bolero.

Todos cantando a coro. Y ahora ¿por qué lloro?

Con lágrimas en la boca tomo el libro sin título. Hete

aquí la primera página: ninguna dedicatoria. Ni una sola palabra.

Veamos qué dice el prólogo. Inexistente. ¿Más adelante?

Nada. Ah, ni siquiera la última hoja está escrita. Al menos

hubieran podido garabatear la palabra «fin».

Pero no es un libro. ¿Es un cuaderno?, ¿un borrador?

¿Qué es este último regalo que me hizo Esteban? . ¿Quién te pidió un regalo?

Basta! —Me sale lo testaruda—. ¿Qué es? Lo voy a

mirar fijamente durante una hora, pero tengo que descubrir

qué es o quién es.

Es un mal chiste, es un espejo.

Mil gracias, idiota ex. —Uy, ¡lo dije otra vez! ¿Me estaré

convirtiendo en su ex? ¿Tan rápido? ¡Socorro! ¿Quién te

pidió un regalo?   Lo que me queda de corazón (EL corazón:

sustantivo de género masculino¿Será por eso que nos hace

sufrir tanto?), me revela que la vida hoy me quiere como autora

de un nuevo ensayo, escrito en primera persona, con una única

protagonista. ¿Qué me invento? Mi vida siempre dio vueltas

alrededor de dos protagonistas, ambos de género masculino: mi

hijo, que hace años voló del nido y se fue a vivir a otro país, y

mi mari…, mi escx (o como se diga),  quien también alzó vuelo…

¿QUÉ ME INVENTO?

Adoro a mis alumnos, ¡y creía que podía darles tanto!, Pero ahora,

sin esos pilares sobre los que me apoyé, ya no podré enseñar,: ¿qué

les podría dar, si me siento hueca? Ya no podré crear, ya no podré

hacer nada más…

Estoy tan cansada, tan indigna e integralmente

cansada, tanto en mi interior como en el exterior…

Viene a mi mente la Marcha de San Lorenzo que cantábamos

en mi escuela primaria. ¿Será que estoy en una

batalla? En este momento, lo único que pido es que el brillante

dios Febo se asome, y que un rayo de sol ilumine esta

histórica casa que se ha convertido en un convento. Febo, te

imploro que un rayito atraviese estos muros, que los sordos

ruidos barran el polvo e iluminen el camino a seguir para

vivir por mí misma.

Necesito una banqueta para mí misma. ¿Habrán terminado

ya los obreros? ¿Podré caminar como Dios manda?

Enormes gotas saladas ya no desembocan en mi boca,

sino que caen al cuaderno-espejo llenándolo de grandes

puntos, huecos por lo transparentes. Parecen ceros. Qué fácil

sería si estuviese jugando a unir los puntos para descubrir un

dibujo oculto. Cuando era chica no me parecía complicado

y era divertido, ¡pero había números! ¡Oh, Diosito!, te ruego

con toda el alma que de mis ojos no fluyan solo ceros. Dame

algo, alguna figura que pueda trazar, para poder empezar.

Los ceros se secan y se convierten en granitos blancos

de arroz. ¡No quiero volver a ver un grano de arroz en mi

vida! Ah, no, son perlitas blancuzcas. Aparece la figura de un

rosario.

Repito y repito, testaruda, un soporífero rosario sin fin

que me adormila y me mece, con mi incierto futuro entre

las manos. El espejo parece más liviano, como si estuviera

hecho de plumas , y me invita a apoyar encima la

oreja. ¡Cómo me gustaba de chica, en vacaciones, acercarme

un caracol al oído! Quién sabe si lograré escuchar el sonido

de las olas del mar, disolverme en ellas y dejarme ir hacia

aguas nuevas.

Prólogo

Todas las historias que leerán, sucedidas en varios países de

Occidente, son absolutamente verdaderas, dramáticas, aunque

estén narradas con humor e ironía. Son relatos de mujeres

que, luego de varios o muchos años de matrimonio,

fueron abandonadas por su hombre. Gran parte de estas relaciones

se derrumbaron en 2001 (junto a las Torres Gemelas)

o después de ese año fatídico.

Las protagonistas son mujeres expansivas que, en lugar

de encerrarse en alguna lectura o en un dolido silencio

—entonces no tenían la posibilidad de ponerse a jugar

Candy Crush—, eligieron, en cambio, abrir su corazón

cuando entablaron una conversación con su casual compañera

de viaje. O que en el breve intervalo de una cena en

el vagón restaurante me ofrecieron como plato principal su

vieja o reciente historia de amor. No pocas son las historias

que he escuchado en mi habitual vuelo Roma-Buenos Aires,

como el verborreico monólogo de una mujer en la fila del

baño sobre el modo poco civilizado con el que su marido

había «volado» luego de treinta años juntos. La fila para el

baño se transforma muchas veces en una sala de espera, dado

que las mujeres tenemos la pretensión de salir de ese minúsculo

hábitat no digo hermosas, pero al menos reconocibles

para los seres queridos que aguardan por nosotras en Ezeiza,

 

Fiumicino o en cualquier aeropuerto o estación, después de

tantas horas de cruel hinchazón de cuerpo, mente y alma.

Tras estos hechos me di cuenta de que tenía el don de

atraer relatos con un mismo denominador común: las penas

de amor… ¡contadas siempre por la mujer-víctima abandonada!

Decidí, entonces, aterrizar cada historia en una hoja

de papel ni bien bajara del avión o tren.

Muchos años más tarde, cuando mi marido cerró a sus

espaldas —y en mis narices— la puerta de nuestra casa, balbuceando

—creo— un «Bye», yo también me anoté en el

club de las Víctimas del Amor Perdido: yo era una vap; sufría

de lo que luego llamé vapismo.

Luego de muchos meses de parálisis y persianas bajas,

una leve brisa desde el cielo me empujó a desempolvar el

cajón de manzanas donde, en apuntes, cuadernos y casetes,

había archivado las historias de aquellas mujeres abandonadas

—como yo en ese momento— que me habían confesado

su dolor.

Mi marido se había evaporado, llevándose todo el aire

de casa. ¿Podía yo tener la esperanza de volver a respirar?

La respuesta la tendrían esas entrevistadas: ¿habrían logrado

aquellas mujeres, con el pasar del tiempo, ponerse de pie y

superar el angustiante vacío del abandono, lo que a mí me

parecía imposible?

Comenzó así un proyecto que me ayudó a salir de la

parálisis de mi cuerpo y de mi alma; un proyecto que me

devolvió el aire y que, con el tiempo, resultó salvador y sanador.

Decidí localizar a las protagonistas (muy lejanas en el

tiempo y en el espacio), entrevistarlas y pedirles que me

refrescaran los jugosos detalles. Fue trabajoso, pero no imposible,

gracias al «cazador» más grande de todos: el señor Internet.

A medida que iba reescribiendo cada historia, sentía

mayor avidez por los detalles, y la detective escondida en mí

 

necesitó salir a la caza de testimonios de los coprotagonistas

de las historias: exmaridos, nuevas mujeres, hijos y amigos

que habían sido testigos. Muchas veces también fue nutritiva

la solidaridad de los vecinos, sin embargo, cuando los

testigos eran esquivos, mi detective tuvo que «reconstruir»

—con deducción digna de Sherlock Holmes— algunas circunstancias,

por lo que…, por supuesto, cualquier semejanza

con la realidad, es pura coincidencia. De ese modo pude

ampliar la versión «ombliguista» de la protagonista.

El hecho de enterarme de cómo habían continuado estas

historias después de cinco años o más, me ayudó personalmente

a decir basta, a llegar a un punto de quiebre, a deshacerme

de la toalla —que estaba empapada de lágrimas—,

abandonando el rol de víctima.

A través del reflejo que la revisión de estas historias

pueda proporcionar, es mi humilde intención generar esa

incomodidad que nos permita salir de pista y situarnos en

un nuevo recorrido, más reconfortante, del cual, al menos,

puedan surgir equivocaciones nuevas tras abandonar las vestimentas

emocionales de la vap. Un sendero más creativo y

divertido donde asumir, junto a nuestras conocidas exvap,

la propuesta desdramatizadora de la narradora del libro: «¿Y

si en vez de llorar nos reímos juntas?».

 

Marisa Marchitelli

Dedicatoria

Dedico este libro a todas las mujeres que inmolaron su propia

vida (a pesar de tener hijos y hasta una profesión exitosa,

algunas de ellas) al hacer que esta orbitara alrededor

de un proyecto central: ¡él! Mujeres que apostaron todas

sus fichas a la ruleta del amor y que, en el momento de la

inesperada pérdida, sienten que les cayó un meteorito en la

cabeza.

 

Más allá del género —hoy ya suena extraño hablar de

manera excluyente de «hombres» y «mujeres»—, es la fuerza

de la repetición y la insistencia la que hace que los seres

humanos nos sintamos atrapados en laberintos ya conocidos,

patrones forjados casi artesanalmente desde lo biológico, lo

cultural y lo familiar. Salvo excepciones, sentimos y adaptamos

nuestras respuestas emocionales a estos moldes como si

no pudiéramos elegir, lo que nos convierte, por momentos,

como les ocurre a los protagonistas de estas historias, en personajes

de dolorosas tragicomedias.

 

Queridas lectoras, si al leer estas páginas se les escapa

una sonora carcajada al reconocerse entre la multiplicidad

de mujeres de mis historias, entonces yo también sonreiré

por haber logrado mi modesto objetivo. Dedico esta obra,

entonces, a las mujeres que lo protagonizan y también a las

que sonreirán con él entre sus manos.

 

¡Me olvidaba! En el caso de que este libro llamara la

atención de algunos hombres (luego de haberlo robado de

la biblioteca de ella, pues no me ilusiono con que lo vayan

a comprar), sin duda alguna lo dedico también a ustedes,

«musos» inspiradores de nuestras charlas.